Reflexiones

San Valentín es cosa de niños

By octubre 17, 2015 No Comments
Los Ojos de Silvia Salgado San Valentin es Cosa de NinosQueridas cuarentonas/cuarentañeras…¡se acerca San Valentín! Y no me refiero a la versión «walking dead» del sacerdote que fue martirizado por empeñarse en celebrar en secreto matrimonios de jóvenes enamorados. Noooo. Al pobre cura le dejamos descansar.

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Me refiero al 14 de febrero, esa fecha que de pequeña adoré, de adolescente disfruté, de jovencita olvidé, a los treinta aborrecí…y que a los cuarenta cobró un nuevo significado para mi. Os cuento.
 
Era una niña y el término novio/ligue/marido no entraba en mi vida, pero yo, romántica de pro, soñadora incorregible y ferviente devota de las leyendas de amor, ya vivía cada San Valentín con toda intensidad. Recuerdo lo nerviosita que me ponía cuando sonaba el timbre de la puerta y el repartidor de turno llegaba disfrazado de ramo de rosas. Disfrazado, literalmente. Porque ¡hay que ver los pedazo de ramos de flores que mandaba mi padre! Conservo esa imagen grabada a fuego; mi madre haciéndose la sorprendida al abrir la puerta mientras susurraba un «qué raro, ¿quién será?»…(ja, como si no lo supiese), mi madre abriendo el sobre, mi madre leyendo la tarjeta , mi madre sufriendo una hemorragia de endorfinas…mi madre feliz. Y yo dando saltos a su alrededor…¿quién es, mami?, ¿quién te manda flores?, ¿qué pone en la tarjeta?…(ja, como si no lo supiese). Por cierto que nunca entendí por qué si mi padre llegaba a casa dos horas después no era él quien llevaba el ramo en persona….en fin, esas cosas que pensaba yo. Pero lo bueno venía después;  cuando mi padre, tan guapo, tan joven, entraba por la puerta y mi madre, tan guapa, tan joven, se colgaba de su cuello. Claro que aún no os he dicho que mis padres son la pareja más enamorada que ha habido en los últimos mil años.
 
Y así crecí, presenciando aquellos momentazos de amor, creyendo que «eso» era la normal…y soñando con tener 14 años para que «eso» me pasara a mí. Pero ¡ay! ¡sorpresas te da la vida!
Yo, romántica de pro, soñadora incorregible y ferviente devota de las leyendas de amor, acabé admitiendo que en realidad el día de San Valentín era tan corriente como cualquier otro..sin una tarjeta en la cajonera, sin un beso, sin sorpresas…sin flores. A ver, ¡que lo de menos era estar enamorada! Lo importante era constatar de algún modo que esa magia que se respiraba en mi casa podía colarse también por la ventana del colegio. Y NO. Nunca se coló ni por la ventana del colegio, ni por la de la Facultad, ni por la del trabajo, ni por la del coche…Y con ésto no quiero decir que mis parejas no me quisieran/amaran/desearan/mimaran…¡ni mucho menos! Pero ese Día de los Enamorados que tantas veces visualicé lleno de amor, bombones, tarjetas y flores…nunca llegó. Al menos como yo imaginaba.
 
Y claro, empecé a militar en el partido de las que dicen «menuda chorrada San Valentín»,  «pero si ésto del Día de los Enamorados es puro marketing», o «¿cóoooomo que si voy a regalarle algo a mi pareja?». En fin, puro desencanto…ayyyy!¿dónde había quedado mi romanticismo?
Es más; el hecho de saber que el 14 de febrero fuera el Día de los Enamorados en los países anglosajones y el Día del Amor y la Amistad en Latinoamérica…mmmm….como que le quitaba «colorinchi» al asunto.
Y de repente un 14 de febrero pasó algo que lo cambió todo. Fue ésto:
 

Así de simple. Así de sencillo. Aquel 14 de febrero mi hijo me despertó con un «feliz San Valentín, mami. Te quiero». Y aquella tarjeta llena de manchas de fruta o de vete-tú-a-saber-qué no fue lo mejor. Nooo. Lo mejor fue descubrir que él sí había vivido los preparativos de ese día con ansiedad, que había resistido como un jabato la tentación de darme su regalo antes de tiempo….que él, con sus cuatro añitos, estaba paladeando las mieles del Día de los Enamorados como yo lo hice cuando era pequeña. En otras palabras, que San Valentín era cosa de niños.

 
Él no esperaba que nadie llamara a la puerta con un ramo de flores gigante, pero sí tenía claras dos cosas: que era un día especial y que estaba «enamorado» de mí. Todo un regalo, sí señor.
Así que a mis 43 primaveras ya no me planteo si el 14 de febrero es el Día de los Enamorados. Eso sí, el próximo jueves me encomendaré a San Valentín para pedirle dos cosas: que mi madre siga sufriendo una hemorragia de endorfinas cuando mi padre le regale flores y que mis hijos me recuerden un año más que soy la mujer de su vida.
Vivir y contar a partir de los 40
por Silvia Salgado

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