Reflexiones

SOBREVIVIR AL DESASTRE CON MENTE POSITIVA

By mayo 27, 2016 3 Comments

Los Ojos de Silvia Salgado Mujer Puente Peligro

Soy previsora por naturaleza. No por inseguridad, sino por una cuestión de organización. Me gusta hacer bien las cosas y odio tener que depender de terceros, por eso he desarrollado una macrofobia enfermiza a lo largo de los años.

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La macrofobia se define como el temor anormal e injustificado a largas esperas, aunque ya os adelanto que en mi caso esa angustia está más que justificada. Dicen quienes me conocen que la puntualidad es una de mis virtudes…y sí, tal vez lo sea para todos aquellos que JAMÁS han tenido que esperarme…PERO NO PARA MÍ, que además de llegar con diez minutos de antelación, siempre he estado condenada a esperar los otros diez minutos de retraso que “marca” el protocolo español. Y lo llevo de maaaaaal!! ¿Por qué narices yo soy capaz de planificarme y calcular el tiempo que voy a tardar en arreglarme-decidir qué me pongo- el atasco-buscar aparcamiento-encontrar el sitio… Y LOS DEMÁS NO? ¡Miedo me da calcular el tiempo que he pasado sola mirando la puerta de un bar o el final de la calle esperando a toda la gente con la que he quedado a lo largo de mi vida! Por eso soy macrofóbica perdida…y por eso vais a entender el infierno que he vivido en las últimas semanas.

Desde que echó a andar esta web me impuse la obligación de publicar un post cada viernes…y lo estaba consiguiendo, pero la semana pasada pinché. No llegué. Mi vida había sido tan caótica los días previos a la comunión de mi hijo, que cuando pasó el tsunami entré en un estado de absoluta catatonía.

COMIENZA LA PESADILLA

Todo empezó hace dos meses. Sí, dos meses. Así de previsora soy yo.  Mi intención era hacer una “pequeña” reforma en el jardín para ampliar el porche con hormigón impreso. Y ya que me metía en obras, pues cambiar la puerta de entrada a la casa (que era de hierro y estaba dilatada y oxidada), y claro, poner un toldo en el terreno ganado al césped…y de paso modificar el riego para evitar que el hormigón lo sepultase…ah, y pintar la fachada, porque con tanta roza la pared iba a quedar horrible. Total, “una obrilla de ná” que debía durar diez días. Peeeero llegó la lluvia, y los “”pufff…con este tiempo no podemos trabajar”. A ver, pensaba yo, que en el País Vasco llueve todos los días y la gente curra…pero aquí no…y total, como iba a ser cosa de dos días, lo de la lluvia digo, pues qué más daba esperar un poquito más. JA ¿Dos días?…¿dos días?…¡MES Y MEDIO SIN PARAR DE LLOVER! Y el tiempo empezó a volar, y el trazado del riego no podía modificarse porque como los obreros nunca estaban aquí, el jardinero no sabía a qué profundidad tenía que dejar los tubos…y no se podía echar el hormigón impreso porque el suelo no drenaba…y la fachada no se podía pintar porque “para qué”, si eso era lo último y total, “en un día estaba hecho”. Pues bien, seguía lloviendo y el 14 de mayo estaba ahí mismo, pero bueno, yo, tranquila. Para no hiperventilar me pasaba el día respirando con el diafragma y haciendo el OM compulsivamente. Todo estaba controlado. No tenía que desesperarme…la cosa no podía demorarse mucho más, qué tontería…¡Solo tenía que DEJAR DE LLOVER de una puta vez! y a ser posible, durante dos días. Pero no. Me tocó el mes más lluvioso del último siglo. Así que, entre chaparrón y chaparrón, la obra comenzó a avanzar, pero muuuuy lentamente.

Y llegó el día del hormigón impreso ¡JO-DER! Ni en la peor de mis pesadillas imaginé que sería algo tan guarro: el polvillo rojo entró hasta el último rincón de la casa, el jardín quedó cubierto por una capa de grasaza marrón que “no debía preocuparme” porque con regarlo un poquito “bastaba”…y eso, donde quedaba césped, porque las carretillas lo habían arrasado todo y ya había más calvas que hierba. Pero yo, positiva. Todo controlado. El suelo ya estaba hecho y siempre estaría a tiempo de comprar tepe para repoblar el jardín.

Entonces llegó el electricista, que “sólo” debía sacar dos puntos de luz; uno para poner un foco y otro para conectar el motor del futuro toldo, pero el hombre se vino arriba con las rozas y dejó la fachada como un mapa fluvial. “Naaaada…no se preocupe, que ésto se cubre con cemento”. Y yo, positiva. Todo controlado.

TODO COMENZÓ A FALLAR. PERO YO, POSITIVA

Ya era 1 de mayo y “sólo” había que pintar la fachada, poner los focos, colocar el toldo, cambiar la puerta de la entrada y poner el césped nuevo. Ah…¿que aún no os he dicho que mi intención era celebrar la comunión de mi hijo en el jardín de casa con una comida-merienda-cena-fiesta para 45 personas? Pues eso. Así que, además de la obra, tenía que cerrar el catering, elegir las mantelerías, pedir presupuesto de sillas y mesas, comprarle los zapatos al niño y encontrar unas sandalias megamaravillosasdelamuerte para mí. Y yo, positiva. Respirando. Haciendo el OMMMMM.

A diez días del 14-M llegaron los pintores. Puntuales. Ocho de la mañana. Encantadores. Educados. Sonrientes. Me dieron ganas de besarles. Todo iba a salir bien. El color de la fachada debía ser amarillo, como el de la vecina…como el de todas las casas de la urbanización, vaya. “Naaada…usted no se preocupe. Lo tenemos clarísimo…váyase tranquila”. Bien. Cuando volví a casa ya eran las cinco de la tarde, justo el momento en que los pintores se iban. Me dice uno de ellos “pues nada, ya hemos terminado…¿ha visto usted qué rápidos somos y qué bien ha quedado?” Y en ese momento alzo la vista y descubro que la fachada YA NO es amarilla, SINO BLANCA…pero blancaaaaa-blancaaa. Y claro, yo, muy positiva, pregunto ¿esto es la base, no?…y me dicen…”no, no…qué base?…es el color que mejor le va a la pared…no me negará usted que queda mucho más limpio…el amarillo ya no se lleva ni por el forro”. No, no estaban de broma. Y no entendían mi cara de estupor, ni por qué mi casa debía pintarse de amarillo. Pero vamos, que estuviera tranquila, que ya que me ponía tan pesada, al día siguiente volverían y pintarían mi casa tal y como YO se lo había pedido, NO como a ellos les había salido de los cojones.

Los Ojos de Silvia Salgado Fachada Pintura Blanca

Aquí se aprecia la diferencia de color en ambas casas, ¿no?

 

 

Bueno. Pues ya quedaban dos días para la comunión. Era jueves. El toldo y la puerta estarían esa misma tarde. “Naaaadaa…no se preocupe que eso lo hacemos en un pis-pas”. Y yo, positiva. Así que aproveché la tarde para comprarme las sandalias megamaravillosasdelamuerte que AÚN NO HABÍA ENCONTRADO y devolver unos pantalones de mi hijo. Era un trámite rápido, pero la dependienta era nueva, nunca había hecho una operación similar…y la cagó. Después de 25 minutos no fue capaz de reintegrarme el dinero en mi tarjeta de crédito y se limitó a darme una tarjeta regalo que POR NARICES debía gastarme en esa tienda. No, yo no quería comprar nada–nunca-más- allí. ¡Yo quería MI dinero!, pero “ah, pues ya no es posible…lo siento, pero el sistema me impide dárselo…si quiere, llame al interventor de su banco para que lo reclame”. Total, que después de 50 minutos salí del centro comercial con una denuncia puesta (contra la tienda), histérica perdida y SIN-MIS-SAN-DA-LIAS. Pero yo, positiva…porque a esa hora el toldo y  la puerta ( sí, los que había encargado HACÍA DOS MESES), ya debían estar puestos…eso era lo importante.

Cuando llegué a casa eran las siete y media de la tarde…y allí no había nadie. Controlando la hiperventilación llamé al instalador y me dice muy tranquilo que “ya está llegando” y que “no me preocupe”, porque el toldo y la puerta iban a quedar puestos esa misma noche.

EL CAOS SE DESATA A 48 HORAS DE LA COMUNIÓN

Total, que a 48 horas de la comunión, una legión de obreros armados con radiales y percutores invadió mi casa. Y sí, era “cosa de ná”, pero resulta que para quitar la puerta de hierro tuvieron que derribar parte del muro de entrada…y las cosas empezaron a torcerse. Para anclar la nueva puerta debían reconstruir el muro, pero claro, el cemento debía secar, y eso llevaba su tiempo. ¿TIEMPO?????…¿¿¿CÓMO QUE TIEMPO?????. ¡¡¡YA NO HAY TIEMPO!!!!!…¿son las diez de la noche del jueves y me dicen que no pueden poner la puerta de la calle porque no hay muro, que no hay muro porque tienen que reconstruirlo, que además hay que esperar 8 horas a que seque el cemento, y que encima con el frío que hace la cosa está chunga? PUFFFFFFFF Ahorro deciros dónde tenía yo el optimismo y la positividad. Y aún así, a punto de entrar en ignición espontánea, decidí ir a ver el toldo que en la otra parte del jardín estaban colocando cinco fortachones. Pero ahí también empezaban a torcerse las cosas, porque ya era de noche, no había luz suficiente para trabajar, los vecinos me iban a denunciar (con toda la razón) por el ruido salvaje que metía el percutor y encima el punto de luz que había sacado el electricista para el motor quedaba demasiado bajo. Una fiesta, vaya. “Pero que yo estuviese tranquila”, que todo iba a solucionarse.

Y mientras tanto, mirando compulsivamente la previsión meteorológica en el móvil porque no estaba claro si el sábado llovería o no;  los niños que no podían dormir porque la casa parecía que se fuera a derrumbar de un momento a otro, y además,  muerta de frío, yendo del toldo a la puerta y de la puerta al toldo, mendigando un gesto de optimismo por parte de los obreros, que me miraban con ojitos de pena como diciendo “ni de coña va a estar esto terminado para el sábado”.

…Y LO PEOR ESTABA POR LLEGAR

Pues bien, a las DOS DE LA MADRUGADA consiguieron anclar el toldo. La pesadilla tocaba a su fin. Llegó el momento de darle al on del mando para estrenar el mecanismo y ver si el toldo se abría o no, así que hice los honores, como en la botadura de un barco. Pero ¡ay!…aquella vela gigante empezó a desplegarse a saltitos, con un ruido extraño que me erizó el vello de todo el cuerpo, hasta que CATAPLAFFFFFF…el toldo se vino abajo arrancando parte de la fachada. Yo me quedé paralizada con el mando en la mano y con un temblor ocular incontrolado tipo Scrat, la ardilla de Ice Age. Los obreros no sabían si ponerme oxígeno a mí o recoger el toldo, pero tampoco podían enrollarlo, porque el motor no funcionaba. Y eran las TRES DE LA MADRUGADA. ¿Podían pasar más cosas? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué a 24 horas de la comunión de Fabio mi casa estaba rota? ¿Qué tipo de prueba vital me estaba mandando el Universo?

Los Ojos de Silvia Salgado Caos Escombros Desastre

Aquella noche me metí en la cama desquiciada y con temblores…todo el mundo me decía que tenía que ser positiva, pero mi cupo de optimismo estaba en las últimas.  Además, ¡era injusto! Yo había hecho bien los deberes. ¿Por qué NADA había salido como esperaba? Ya llevaba dos días sin dormir y aún quedaba lo peor. Los obreros debían volver a las siete de la mañana para intentar RECONSTRUIR mi casa. Casi ná. Y también por la mañana debían llegar los del catering para colocar las mesas…¿y dónde las pondrían…junto a la hormigonera o sobre los sacos de escombros? Puf. Era de locos.

No os voy a contar cómo transcurrió aquel viernes, en el que por cierto, además tuvimos la ceremonia de Graduación de mi hijo mayor ¡Como si el año no tuviera más días! No exagero si digo que estuve a punto de cortocircuitar varias veces.

Pero inexplicablemente, a las diez de la noche la obra había terminado. No había obreros, ni escombros, ni hormigonera, ni escaleras, ni herramientas. El cemento había secado a tiempo, la puerta estaba instalada, la fachada del porche reconstruída, la pintura seca y el toldo arreglado. Era como si nunca hubiera ocurrido nada.

La Comunión fue un éxito. Todo salió perfecto. Fabio se lo pasó como los indios, el catering fue espectacular y la compañía, la mejor. El tiempo no acompañó, pero estuvimos bailando hasta las tantas de la madrugada, dándolo todo, como siempre. Jamás olvidaré el bolero que se marcaron mis padres, ni esa “Gran Noche” de Raphael que bailamos todos como si ni hubiera un mañana, ni las risas, los amigos, la familia, la música, el cariño…y esas sandalias megamaravillosas de la muerte que me destrozaron los pies.

Los Ojos de Silvia Salgado Sandalias Ante Comunión

Ya han pasado dos semanas y juro que no me he recuperado ni física ni emocionalmente, y sé que las cuatro arrugas nuevas que tengo en la cara son el recuerdo de esa madrugada fatídica en que se rompió el porche…Pero ya es una anécdota. Y lo mejor, he descubierto que soy más positiva de lo que creía y menos exagerada de lo que cuentan. Ahora, cuando me preguntan qué tal fue la Comunión, sonrío y me limito a decir “bien, gracias. Todo salió perfecto”.

Author Silvia Salgado

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